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Desacelerando



Siempre de prisa, yendo de un lado a otro, apenas teniendo tiempo para lo indispensable, diariamente recorriendo las ciudades entre tantos otros más, unos con las manos en el volante y otros sentados en un camión o en cualquier medio de transporte, pero todos, con los pensamientos fijos durante nuestros trayectos, planeando lo que haríamos al llegar a nuestros destinos; pensando en nuestros deberes, en nuestras citas, en las compras y en las tareas, pocas veces observando el cielo, las nubes, el sol, la gente o las sonrisas.


Y a veces, soñando, escapándonos de nuestras realidades por algunos instantes. Siempre tan desesperadamente rápido andábamos por la vida creyendo que era lo correcto, lo bien hecho, lo esperado, lo que debía ser. Y como el tiempo no perdona, llevábamos el pie en el acelerador para llegar a nuestras pequeñas metas diarias lo más pronto posible. Acostumbrados a las rutinas, los holas y los adioses de siempre, los abrazos y los besos, los lugares y los aromas, todo siempre allí, listos cada mañana, con algunas sorpresas, pero allí, esperándonos, como si alguien prepara nuestros escenarios diarios.


Qué vidas las nuestras, creyéndonos invencibles y poderosos capaces de todo, qué vidas las nuestras siendo tan poco observadores y valorando tan poco lo que no andaba de prisa, lo que estaba fijo esperando nuestras miradas. Teniendo todo, aprovechamos lo menos, porque nada se compara con la posibilidad de tocarnos, de sentirnos, de caminar con libertad, de no tener miedo unos de otros, de ver un amanecer, de sentir la arena de las playas, de bailar, de convivir, de SER.


De pronto y de golpe, todo se detuvo, se frenó en seco, sin darnos oportunidad para regresar y hacerlo mejor, sin darnos oportunidad para volver para abrazar y besar como locos, sin darnos oportunidad para gritarnos y gritarles a los demás que no era necesaria tanta prisa, que valía la pena ir despacio y extasiarnos con lo simple, con lo posible con lo bello de la vida. De pronto, hoy todo se cerró, hoy estamos separados unos de otros, estamos solos viendo como se transforma nuestro mundo, nuestro gran escenario, como de pronto los telones se han bajado y como lo que antes eran risas y ajetreo, hoy son lágrimas y pausas, hoy son dolor y tristeza, hoy son posibilidades lejanas.


Pero no todo está perdido y no todo está negado, hoy también nos reinventamos y al quitar el pie del acelerador, podemos vislumbrar un nuevo mundo, opciones muchas para crear, para hacerlo mejor, para volver a vivir, pero sin tanta prisa.

Para entender que ese mundo, el de ayer, ya no lo será nunca más, que las formas y las rutinas serán otras, que las prioridades cambian, que las cosas no nos hacen, que las personas valen, que todos merecen una sonrisa, que un beso vale oro, que nuestros nombres son historias, que nuestra tierra es nuestro hogar, que la vida es un suspiro, un regalo y una posibilidad y que si no nos adaptamos a lo que viene envuelto entre misterios, entonces no habremos entendido nada y en un pestañeo volveremos a enfrentarnos a una pausa, pero que quizá, nos impida para siempre poner nuestras vidas de nuevo en el acelerador.

Este tiempo de calma obligada, veámosla como una ventana, como una puerta hacia nuevos rumbos, como una llamada y como un instante que nos ofrece capítulos nuevos, retos, y momentos, pero no olvidando que la vida no se vive y no se siente si mantenemos hasta el fondo nuestro pie en el acelerador.

Desaceleremos nuestras vidas y de vez en cuando miremos hacia arriba para observar el cielo, abracemos fuerte a los que queremos, valoremos nuestras vidas, compartamos con los demás y de vez en cuando recordemos que no somos invencibles, sencillamente somos humanos. Samantha Goode

Consultora de imagen verbal y no verbal

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